La cueva de la abuela está en una colina muy empinada. Tardas cincuenta años (o más) en llegar. Ella escucha las campanas en el vientre que la invitan a celebrar la llegada. Este sonido solamente exige fidelidad a la abuela de su interior, situado en el centro profundo de su ser. Caminando va dejando atrás el estado de alma herida por la que ha pasado antes de llegar a la cueva, bien porque la va sanando, bien porque llega a la conclusión de que la carga no vale la pena. Las heridas físicas y morales se van haciendo en todo caso menos importantes. Sabe que ya no saldrá de la cueva sino con alas. Así que sus vestidos deben ser de gasa o de nubes o de plumas, ya que cualquier peso solamente provocará dificultades en el vuelo y en el éxito del aterrizaje.
Superado el miedo a la locura, las neurosis, la depresión, los pensamientos autodestructivos (incluyendo el suicidio) y todo el laberinto de vivencias y sentires cuyo centro puede estar en el mismo infierno, la abuela ya solo tiene que terminar de des-enredar los nudos de su vida (aunque no los haya hecho ella). Ya no hay prisa. Todo está bien. La abuela está llena de paz.
Hace algo más de cincuenta y dos años que partí hacia la jodida colina y algo más de dos que oigo las campanas tañendo, que encuentro como el terreno va cambiando, como el color de las piedras del sendero anuncian mi llegada inminente a la cueva. Siento junto a mi la presencia de las abuelas de todos los tiempos, que ya han colgado los viejos vestidos, dejado atrás los maquillajes y los tintes, están moliendo el café que compartirán conmigo, sentadas todas en una vieja mesa redonda. Como la niña-abuela del Cid, saludaré mientras lloro y rio al mismo tiempo.
Cristina Gil Martín
Yo he comenzado el camino, he comenzado a subir la pendiente y no se lo que puedo encontrar en él, ni lo que encontraré al final, ni cuanto tiempo tardaré(siento que será mucho). Estoy segura de que es el camino, es el camino que quiero seguir, en el que quiero tejer y destejer, quitar y poner y quiero llegar al final ligera como las hadas, con alas que me permitan volar.
He comenzado el camino y no tengo miedo a la pendiente, no me asusta, siento que es lo que tengo que hacer. Me apetece subir esta pendiente aunque tenga que escalar, soy fuerte y estoy preparada.