Acércate, acércate.
     Ven y siéntate aquí.
     Escucha.
     No tengas miedo no te voy a dar una manzana envenenada ni te quiero comer.
     Yo soy la abuela, la mujer sabia, la iniciadora de mujeres en los misterios de la vida y de la muerte. Ya no soy ni quiero ser encantadora. He conquistado la autenticidad del ser y no me apetece hacer teatro. Debes aceptar, si quieres, mi autoridad. Eres tú quien me necesita para evolucionar. Debes reconocer mi valor para que pueda expresar las cualidades inherentes a mi ser: sabiduría, paciencia, veracidad, espiritualidad, visión única de la vida, percepción auténtica de la realidad. Yo te puedo transmitir mis bendiciones y con mi voz sustentadora, nutricia y portadora de NAMASKAR alimentar tu espíritu. Mi misión es traer al mundo las cualidades de la vieja sabia. Ahora mi sangre es retenida para alimentar mi sabiduría y la tuya. Eres tú quien debe reconocerme con amor y respeto. Mi autoridad nace de mi saber, nunca de una imposición. Esto no es una hermandad, necesitas, el mundo necesita de mi autoridad, mi dirección y mi guía. Estoy unida a la Divinidad y pocas cosas son ya importantes...

    Entre los índios las mujeres viejas eran y son las que toman las decisiones y dirigen los poblados. Las mujeres que celebraban los oráculos de las distintas civilizaciones eran las más viejas de la comunidad. Hay lugares en África que cuando hay que guerrear tienen que dar su consentimiento las abuelas de la tribu (las madres de las madres).

    En consulta tengo desde hace años algunas de estas abuelas sabias. Varias tienen más de 85 años. Se conservan lúcidas y mantienen su importancia en la familia. Están muy unidas a la tierra y a la naturaleza, no esconden su edad ni disfrazan sus años. Una de ellas me contaba como sembraba una planta regalada al revés porque ya no podía con más y así no mentía. Simplemente diría que se había perdido. Sorpresa: la planta se las ingenio para sobrevivir, quería a toda costa estar al cuidado de sus amorosas y fuertes manos. 
    Estas mujeres emanan, al menos a las que yo me estoy refiriendo, una capacidad de amor no condicional que a mi me estremece. Se despiden cuando vienen con un fuerte abrazo, siempre recordándome sin dramas que a lo mejor no nos volvemos a ver.    
Una de ellas prepara cada visita que me hace desde varios días antes, buscando para mi lo mejor de su huerta.